Según la OMS, la salud mental es “un estado de bienestar” mediante el cual una persona puede afrontar el estrés normal de la vida, desarrollar su potencial, trabajar y aprender de forma eficaz, y contribuir a su comunidad.
La salud mental influye fuertemente en la calidad de vida, en la capacidad de adaptación ante dificultades, en el desempeño en el trabajo o estudios, en nuestras relaciones, y en nuestra participación en la sociedad.
Predisposición genética y biológica: algunas personas heredan vulnerabilidades a trastornos mentales.
Uso de sustancias, adicciones: pueden alterar el equilibrio psicológico, emocional y neuroquímico, elevando el riesgo.
Déficit en habilidades emocionales, de regulación, o en mecanismos adaptativos —por ejemplo, dificultad para manejar estrés o emociones intensas.
Infancia difícil: crianza severa, castigos físicos, negligencia o abuso; ambiente familiar conflictivo. Este tipo de experiencias en etapas sensibles del desarrollo incrementan el riesgo.
Bullying, acoso o discriminación, especialmente en infancia o adolescencia.
Pobreza, desigualdad social, violencia, marginación: los entornos con privaciones o inseguridad incrementan el estrés crónico y la vulnerabilidad.
Exclusión social, falta de redes de apoyo, aislamiento o soledad.
Desigualdades sociales, pobreza, violencia comunitaria, discriminación —estos factores aumentan el riesgo a nivel poblacional.
Situaciones de crisis: desplazamientos forzados, emergencias humanitarias, desastres, pandemias, cambio climático —estos contextos afectan la salud mental colectiva.
Es cuando ocurren con mayor frecuencia factores adversos (abuso, violencia, exclusión, estigmatización) que pueden tener efectos profundos y duraderos en la salud mental.
Cambios importantes en la vida (pérdidas, desempleo, migración, crisis socioeconómicas), pueden disparar o agravar problemas.